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Le ponen el pecho al frío y se ganan la vida a la intemperie
Tres historias de trabajadores que día a día se desempeñan en la calle o sin la protección de un techo, a merced de las condiciones meteorol
El invierno muestra en las calles la peor cara del año para salir a trabajar. Quienes tienen que hacerlo a la intemperie saben que es una circunstancia más del oficio y, aunque a veces las bajas temperaturas les congelan la piel, le ponen el mismo empeño para poder llevar el pan a la mesa de sus hogares.
Son las 9:00 de un jueves y en Cipolletti el termómetro no alcanza los 3º grados de temperatura. Llovió en la madrugada y algunas veredas son una peligrosa trampa para los peatones por la escarcha que las recubre. El sol no termina de asomar, entre una densa capa de nubes que amenazan con otro chaparrón. Frío y más frío y quienes caminan por las calles parecen locomotoras humanas despidiendo ese “humito” tan particular que se produce al respirar.
En ese contexto, en el que muchos evitan salir o trabajan en un comercio o una oficina, a otros les toca la difícil tarea de “ganarse el mango” al aire libre con sol, lluvia o viento. Y con mucho frío.
En la obra
En una obra de la calle Yrigoyen donde a futuro se instalará una heladería, padre e hijo trabajan en la construcción. Ismael Navarro empezó trabajar a los nueve años. No tuvo la posibilidad de estudiar y siguió el camino del oficio del albañil. “Si querés tener trabajo tenés que aprender de todo, ser responsable, prolijo y cumplir con tus tareas”, dice ante la atenta mirada de su hijo Benjamín, que lo ayuda a romper un contrapiso con un rotomartillo. “Trabajar afuera cuando hace mucho frío es la parte ingrata, pero no podemos quedarnos en la casa... es la vida que nos tocó y la elegimos. Hay días que aunque llueva, también hay que laburar. En invierno, cuando estas haciendo una casa desde abajo, los hierros están congelados y hay que seguir trabajando. Por eso dicen que los albañiles vivimos menos”, asegura.
Un puesto frente al súper
En la puerta del supermercado La Anónima, en pleno centro, Ismael Hernández vende diarios como cada mañana. Es canillita desde hace veinte años y hace unos quince que tiene su puesto de venta en el mismo lugar. También es panadero, otro oficio que como el del diariero demanda de un espíritu madrugador.
“Estoy operado del corazón pero gracias a Dios puedo seguir con mi laburo. Mi vieja toda la vida me enseñó que había que trabajar, no andar robando ni haciendo macanas”, señala. Bien arropado, con buenas medias, guantes y calzas térmicas –afirma Ismael– el frío se aguanta. Todos los días Ismael arranca a las 5:00 con un rápido reparto y después llega a su puesto con el termo de café o el mate entre los diarios para calentar el cuerpo en invierno.
Productos naturales
Unos metros más adelante, sobre la misma vereda en la que se ubica el diariero Ismael Hernández, otro hombre se gana la vida trabajando en las calles.
En la zona bancaria, frente a la plaza, Francisco Martínez vende quesos, miel y otros productos que despiertan la tentación de muchos de los que caminan por ese sector. Martínez tiene 65 años y todos lo conocen como el quesero.
En una canasta exhibe los quesos que vende, elaborados en la colonia de los menonitas, en La Pampa. La gente lo saluda y el trata a todos con cordialidad. “Hace 17 años que ando vendiendo quesos y unos nueve años que estoy en este lugar”, recuerda. Aunque ya debería estar descansado en su casa, Francisco cuenta que la magra jubilación que percibe no le alcanza para nada y por ese motivo tiene que salir a “ponerle el pecho” a la venta ambulante.
“Así como están las cosas, la jubilación no me alcanza y para quedarme en mi casa sentado en un sillón o mirando tele, prefiero hacer algo y estar acá. Primero empecé en el año 1987 vendiendo ropa, después vendí bijouterie en los quioscos y ahora estoy con los quesos. La gente busca el queso que vendo porque es bueno y natural. Esto no tiene químicos y no va a la heladera”, explica mientras promociona las hormas que tiene en la canasta.
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